2 de febrero de 2017

Una Princesa en la Tierra de la Reina


En la mañana del 21 de agosto del año 1990 habiendo pasado un largo y desordenado trasnoche a bordo de un vuelo de Lan, me encontraba entre un grupo de 90 estudiantes en el aeropuerto de la ciudad de Miami iniciando un viaje de intercambio. La noche anterior mi familia y un grupo de amigos me habían despedido entre sonrisas y deseos de buena suerte en el pequeño aeropuerto de Pudahuel de la época. 

Cerca de las 7 de la mañana y habiendo cruzado inmigración, ya no éramos los 90 iniciales, pues íbamos siendo encaminados según destino, a una aerolínea y terminales distintos. Un grupo de 20 de nosotros fuimos trasladados al terminal de American Airlines, desde el cual tendríamos como destinación alguna ciudad del Sureste y Medio Oeste estadounidense. Juntos, ansiosos y expectantes, esperábamos con un nudo en el estómago a cada llamado de un nuevo compañero que partía a tomar su vuelo respectivo. Cada uno era despedido con bromas y risas, "no echis demenos a tu mamita", que "cuidado con las gringas", pero a medida que el grupo se fue reduciendo la sensación de confianza que brindaba el grupo iba desvaneciéndose.

Y fue así como quedamos únicamente dos en el terminal semi vacío. Mi colega era de La Serena. Apostábamos a cada nuevo anuncio quien sería el próximo, hasta que le tocó a él partir primero. Nos despedimos con un fuerte abrazo y deseos de buena suerte ante la incertidumbre jamás vivida y con una innegable sensación de desamparo en la mirada. Mi colega partió hasta perderse entre la gente. Quedé solo a la espera del embarque y teniendo que arreglármelas para espantar las ganas de salir corriendo de vuelta a la pollera de mi vieja, a quien dejé valiente como un roble en Santiago, pero en un mar de lágrimas al volver a nuestra casa según me contara, por carta, mi hermana.

Luego de algunos minutos emprendí vuelo en un pequeño avión de no más de 20 pasajeros, que en una hora y media me llevó hasta el aeródromo del condado de Onslow que servía al pueblo de Jacksonville, en Carolina del Norte. Allí me esperaban mis papás anfitriones a quienes veía por primera vez. De rasgos marcadamente gringos (ambos rubios altos de ojos azules, gordos y blancuchentos), me esperaban risueños con pancartas y globos que decían "Welcome Pablo!". Junto a Dale, Judy, y sus hijos Wendy y Mike, me tocó vivir por un año, hasta el día 16 de agosto del año 91.

Y ahí hubo una infinidad de buenos momentos (muchos viajes, deportes, amigos, amores), y otros no tanto (la partida del esposo de Wendy a la guerra de Iraq, los castigos por haber reprobado un par de ramos, por haber tomado cerveza a escondidas y por dejar sin dientes frontales de un puñetazo a un buen amigo). Y el idioma inglés, que marcó mi vida por siempre.

Recuerdo esto hoy cuando Paula, a quien recuerdo tan solo ayer como una de las primas chicas, de pelo desordenado y muy mal humorada, hoy transformada en una muñeca de un metro ochenta, toma un vuelo transatlántico con destino a Australia como si fuera de lo más normal. Cruza todo el Pacifico Sur y parte del Mar de Tasmania para posarse sobre la loza del aeropuerto de Sidney, antes de trasladarse a Airlie Beach en el estupendo Estado de Queensland, donde vivirá un capítulo importante de su vida.

En mi época, presidía el país Bush padre, de quien nada bueno se puede decir, ya sabemos quién fue su hijo, (aunque ambos le dan un par de vueltas en asertividad a su actual sucesor). Pienso que Paula fue muy inteligente en anticipar lo que se venía en Estados Unidos. Al momento de decidir dónde viajar, sostuvo con seguridad que no le interesaban los Estados Unidos ni de lejos, quería algo diferente, y entre Australia y Nueva Zelanda, quizá Europa, optó por los Aussie.

Y donde más podría haberse ido esa princesa sino a Queensland.

Hablé con ella ayer, minutos antes de su embarque. Solo escuché determinación, integridad, ni un atisbo de inseguridad.


Cuando le toque volver, lo hará con un inglés de acento medio raro. Eso y un contenedor con una tonelada y media de aventuras.

1 de junio de 2016

Gato

Murió hace unos días el argentino Leandro Barbieri, virtuoso saxofonista más conocido como el Gato Barbieri. Su vida se limitaba a un par de tocatas al mes en el mítico Blue Note de Nueva York a boliche repleto. Tuvo una carrera prolífica de más de 50 discos producidos con los más notables acompañantes. Lo descubrí por los parlantes de la singular Orpheus Records, cercana a la estación de metro de Clarendon, Maryland en las afueras de Washington DC. Unos 500 metros cuadrados de interminables hileras de vinilo por las que en plena fiebre del Ipod del 2003 no pasaban más que unos exiguos fanáticos a la semana.
Jazle.it
Al año siguiente, tuve el privilegio de ver al Gato en vivo en el pequeño Blues Alley. Como dice su nombre, se ubicaba en un pequeño callejón, escondido del bullicio de la calle M de Georgetown DC

En vivo, el Gato Barbieri se paraba canchero en el escenario, imponente como una montaña, y empuñaba el saxo como una metralleta con la cual fusilaba a su audiencia con dos horas de una emocionalidad difícil de describir. De poca o nula interacción con el público, excepto por unos ocasionales thank yous con los que intercalaba cada interpretación, le bastaba tan solo su mirada y unas sutiles levantadas de ceja de su rostro de duro para asegurar perfecta sincronía con la banda. El aire turbinado por sus pulmones no hablaba de un abuelo que se acercaba a la ochentena. Exudaba indiferencia, un capataz que hacía del saxo un látigo, a quién la magia le brotaba sin proponérselo, como si el rótulo de jazzista número 1 de la Argentina le tuviera sin cuidado. Renegó a los títulos toda la vida. Nunca le importó el reconocimiento o ser recordado luego de su muerte. Hablaba con naturalidad de su ceguera reciente, la caída de sus dientes, de la falta de dinero, de su enrevesado pasado con las drogas que tuvo un enorme costo en su carrera. Tenía la convicción de que no había que arrepentirse de nada. Los errores los consideraba parte del camino.

Vestido con un abrigo largo de colores oscuros, sombrero fedora y anteojos oscuros, su rostro apenas se lograba apreciar trás el saxo, mezcla de pudor y grandeza.

Va este sencillo homenaje al gran músico argentino, que entre otras cosas escribió la música de "El Último Tango en Paris", aunque hizo álbumes muchísimo más notables, reiteradas veces.

Su presentación "Live From ThLatin Quarter 2001", puede ser vista acá.

15 de mayo de 2016

La Noche de las Librerías

Somos una peculiaridad de especie. Nada nos predispone tanto a la belleza como una tragedia natural.

Ese pequeño hilo de agua que nace en los cajones de Lo Barnechea, en la confluencia del San Francisco y el Molina, y que más abajo recibe el nombre de Mapocho recorriendo los sectores más conspicuos de Santiago, aun habiéndose encabronado un poco con la lluvia, no fue responsable del anegamiento de esos quince kilómetros de ciudad en la madrugada del 17 de abril, pues no hubo nada anómalo en la cantidad de agua caída.

Días antes del desborde, los ingenieros de la moderna autopista en construcción calificaran de alucinaciones neuróticas las advertencias que recomendaban ampliar el encauzamiento del río. Ese afán de dominación de la naturaleza que suele resultar infructuoso y tan costoso pues bastó un leve incremento del caudal para que el río se liberara a toda velocidad por sus cauces originales, alojándose en forma de materia viscosa por cada recoveco bajo nivel de las calles perpendiculares a la gran avenida.

Toneladas de agua mezclada con barro que a juzgar por su olor, dejaba serias sospechas de acarrear una cantidad considerable de mierda. Un espectáculo que la televisión abierta se hartó de repetir hasta el mareo.

Entre los negocios afectados estaban algunas de las mejores librerías del sector, que hidalgamente sobreviven a la especulación, el desinterés y al asedio de las farmacias deseosas de arrebatarles su privilegiada ubicación.

La Noche de las Librerías organizada sin demora, ocurrió luego de siete días del encharque, y tuvo como foco la librería Catalonia, epicentro barrial.

Llegué a eso de las siete y media cuando la gente ya se agolpaba en el frontis. Un colaborador de la tienda que coordinaba el ingreso de la gente, apaciguaba a la multitud con acento ibérico: "Tranquilizaos, debéis tener paciencia, para haceros la visita más agradable hemos de limitar vuestra entrada".

En unas mesas dispuestas en las afuera del local, firmaban libros Gumucio y los periodistas Matamala y, nada más nada menos que Mónica González, atractiva, sabia y amable saludando a todo el que se le quisiera acercar. Mario Sepúlveda firmaba más allá “70 días de noche, 33 mineros atrapados: Historia oculta de un rescate”, de Emma Sepúlveda. La gente entusiasmada con su optimismo contagioso le demandaba besos, abrazos y selfies.
 

En el calor de la fila desordenada trabé conversación con una mujer de conversa fácil, con quien nos sobró el tiempo para hablar del cielo y la tierra. Nos deseamos mucha suerte y nos despedimos como grandes amigos, cuando luego de la hora de espera el majo de la puerta autorizara mi ingreso. Agradecido, accedí sintiendo una mezcla de privilegio y ansiedad.

El interior de la librería repleta, era sofocante, incómodo y fabuloso. Dos de los tres niveles estaban habilitados. El subsuelo estaba en obras. Los diez millones de pesos en libros arrasados por el lodo esperaban el veredicto del seguro alojados en una bodega lejos de allí.

A pesar del caos de la última semana, los libros estaban ordenados alfabéticamente con rigor. Moverse implicaba un trueque, ¿”qué tal si tu vienes pacá’ y yo voy pallá?". Brazos en busca de libros se te cruzaban por cuello y sobaco seguidos de disculpas, sonrisas y permisitos.

Había una variedad regocijante. Los Perec, los Murakami, los Cheever, los notables argentinos y los rusos, contaban con un surtido de sus títulos de más y de menos reconocimiento. Encontré dos volúmenes de los cuales me hice rápidamente no fuera que una de las manoplas ansiosas que se me cruzaban por la nariz fuera a arrebatármelos: El segundo volumen de Los Viernes de Juan Forn, y Más Afuera, de Jonathan Franzen.

Alguien podrá decir que una biblioteca personal ha de estar conformada por libros leídos antes que de aquellos por leer. No es mi caso. Encuentro siempre la excusa perfecta para hacerme de más libros de lo que mi cerebro es capaz de deglutir en el tiempo del que dispongo. Fue así como decidí al interior de la librería, cual alcohólico que se hace de su última botella, que era la hora de hacerme del segundo volumen de la serie  Mi Lucha de Karl Owe Knausgard, cuyo primer volumen dejó en mi un rayón imborrable en ese receptáculo de emociones al que llamamos corazón.

Logré salir a las 2 horas, cuando el tumulto no mermaba y los escritores habían partido. Hubiese querido saludar a Mónica González, aunque el pudor crónico del cual soy constante presa me lo hubiese dificultado. Me crucé con una de las dueñas de la librería, que lucía exhausta, pero amable me sonrió agradecida.

Cuando ya eran pasadas las 10 de la noche ingresé al pequeño centro comercial para recordar que las demás librerías estaban igualmente de fiesta. Antes que una tragedia eso era una celebración. Ingresé a la gran Altamira, me acerqué a una vendedora que se notaba bien leída y le pe "algo balanceado entre drama y humor, de publicación reciente e inolvidable". Saltó de donde estaba, dribló a un par de clientes y se perdió por los recovecos del lugar. No le tomó más de 4 segundos en poner en mi nariz un volumen de Stefan Zwieg, de quien nunca había escuchado. Prácticamente me ordenó llevarlo. Mientras hacia la fila de pago, conversamos de lecturas mutuas. Me comentó de un tal Rosales, y que si me apuraba podría presenciar la presentación de su libro que estaba por ocurrir en el patio posterior. Me despedí con promesas de volver.


Llegué justo a tiempo cuando Rosales, Christopher Rosales, rodeado de un círculo de amigos ansiosos y gente desconocida anunciaba con voz trémula que leería el primer capítulo de su recién lanzada primera novela. Un aplauso de empatía resonó para animarle.

A Rosales le siguió, entre luces colgantes de colores, la música en vivo que sonaba frenética. El otoño, demasiado frío para la época se hacía notar, pero la mezcla a todo volumen de una especie de Electro-Cumbia elevaba el espíritu, calentaba el alma. Y la gente animada, saltaba, cantaba y reía. Estaban todos tan alegres aullando cosas casi incomprensibles quizá a culpa del champagne que corría suelto a cuenta de la casa o quizá simplemente porque no había otra cosa que hacer más que celebrar la desgracia.

Contagiado, estuve a punto de subirme a una mesa camisa en mano y destemplar a todo pulmón, “!gracias a los hijos de puta por esto!", pero me contuve, no fuera a propiciar una quema resentida de automóviles de lujo, porque el ánimo era combustible.

Habría ciertamente que agradecer. No a los hijos de madre que causaron el desborde, no. Porque no conocen otro idioma que el de la mezquindad miserable. Quizá más bien a la naturaleza humana por lo poco que cuesta sacarnos lo bueno de adentro.

Agradecer mejor al Mapocho por la sutil lección, por ser el mismo río de siempre, por estar ahí debajo silencioso, desde antes que llegáramos todos, por recordarnos que no somos más que parte de esa misma naturaleza.

2 de mayo de 2016

El Winner

El otoño se instala en la capital. Junto a ello, los plátanos orientales empiezan a vestirse de amarillo desplumando de apoco sus hojas en madrugadas ventosas con la llegada de las primeras lluvias. Estoy capeando el frío en un café mientras en la mesa contigua un señor setentón habla al celular de sus finanzas personales. Dice en tono pomposo a su interlocutor, "cuando tienes mucha plata, tipo 1000 millones, tienes que mandarla pa' fuera, así ha funcionado siempre, no hay otra" dice enfático.


Tenía la oreja tan parada en su conversa que me impedía la concentración en la lectura del diario. Me sentí aliviado cuando apuró la cuenta y se fue.

No pasa un minuto y lo reemplaza un reconocido escritor con quien me topo a menudo. En una oportunidad me encontraba repasando las portadas de la prensa en un negocio del barrio. Ingresa este señor disponiéndose a elegir algo de una estantería cuando sin querer deja caer de sus manos un Super 8 o algo del estilo. En vez de agacharse y recogerlo, le propina a la chocolatina un certero puntapié dándola por desaparecida debajo del mueble.

Un winner se evidencia en sutilezas como la descrita, por lo que me abstendré de leerlo intuyendo el animal que lleva dentro.

Probablemente estoy haciendo un juicio apresurado del escritor, en una de esas su escritura es una belleza. Es más, si me pongo a pensar en los actos winner que he cometido en honor a la flojera, para obtener algo o por simple gusto, sencillos como el descrito, me defendería diciendo que a pesar de todo soy de fiar.

A todos nos resulta más sexy y entretenido apuntar al resto, y la realidad nacional nos entrega tantos casos. Por ejemplo el legislador elegido popularmente que vende normas por párrafo a cambio del dinero del empresario acabronado. Sabandija! O el correligionario que muy diligentemente se pone creativo con leyes que buscan exculparlo o dificultar inculparle sus metidas de pata. Rufián!

Es cierto, merecen arder en la hoguera del escarnio publico (es más, yo pongo la leña), pero el enjuiciar supone una conducta personal inmaculada.

Acá listo algunas categorías de winner apreciables en el ciudadano de a pie que he podido apreciar: bloquear el tráfico de la avenida por tratar egoístamente de alcanzar la luz verde, o hacerse el loco con la propina en un restaurante, seria un winner nivel amateur. Asumo que nunca has estacionado el auto, distraídamente claro, arriba de ese símbolo donde se dibuja un señor de edad o un señora con la panza abultada? Winner asno medio alto. Supongo que la señora que trabaja en tu hogar está debidamente contratada no? Muy bien. Que tal dejar de pasar la Bip porque el sistema es una basura? Tiene algo de sentido, felicitaciones, pero olvida el hecho de que hay gente que gana la cuarta parte que tu y que paga la micro sin chistar todos los días. Ese sería un winner carnicero de cuarta. ¿Has pedido factura cuando te aprestas a pagar el costillar de chancho y los 4 kilos de longa del asado del domingo? Winner cara de nalga fuera de cualquier molde. A ver, tira la primera piedra!

Volviendo al legislador elegido popularmente, con esta humilde notita deseo manifestar mi disgusto con el activista de Facebook, al que tan fácil le resulta levantar el dedo acusador desde la comodidad del sofá, pero que en su momento, a la hora de ir a votar no se le encontró por ningún lado. Le dio lata. Pelmazo inconsecuente. Nos hubiésemos ahorrado cantidad de molestias.

12 de febrero de 2016

La Casa de Al Lado

En la enorme casa inmediatamente contigua a nuestro hogar, vivía una señora octogenaria completamente sola. Nos topábamos con ella en sus salidas ocasionales. Aparentaba andar siempre apresurada, no parecía de conversa fácil y tenía una actitud de sospecha hacia los actos de cortesía.

Mostraba un caminar seguro a pesar de la fragilidad de su delgadez. Su mentón elevado y mirada altiva denotaban una vida de privilegios.

A cada final del día, mirábamos desde nuestra ventana sus recorridos por el jardín que rodeaba la espléndida casa estilo Tudor de primera mitad del siglo XX. Parecía volar mientras podaba cerezos, tuliperos, peumos y rosas, donde anidaban y animaban el amanecer una orquesta de tórtolas y picaflores, golondrinas y zorzales, docenas de gorriones y una que otra cotorra, que nos visitaban desde las araucarias en la cuadra siguiente.


En el vecindario circulaba el chisme de que hacía un tiempo que a la señora se le venían olvidando las cosas, lo que colmaba la paciencia de las chicas del aseo, culpabilizadas de sus olvidos.

Luego se supo que ante las manifiestas señales de senilidad exhibidas por la veterana, quien nunca tuvo hijos, fueron sus sobrinos, visitantes esporádicos, quienes se encargaron de encerrarla con cuentos de paseo de fin de semana en el primer asilo que encontraron, instalándose en el vecindario el fantasma de la eventual demolición de la casa.

Transcurrieron los meses sin novedad. Nos tranquilizaba ver al jardinero trabajando como cada domingo en el tupido jardín.

Así pasó el tiempo hasta que un día nos alarmó el hecho de que el riego automático dejara de activarse y que el polvo empezara a acumularse en el frontis junto a la correspondencia. A poco transcurrir nuestro temor se hizo realidad, pues nos enteramos que los sobrinos habían vendido la casa, y que esta se demolería en un breve plazo para dar lugar a un edificio de 10 pisos.

Vimos transcurrir en cámara lenta como ese ejemplar eximio de la arquitectura comunal, se poblaba de sujetos que se encerraron en ella para despojarla a martillazos de sus entrañas, incluyendo luminarias góticas, puertas talladas, pasamanos de fierro forjado, marcos de roble y cualquier cosa que se pudiera revender. Se encaramaron como garrapatas en su techo para desplumarlo de su distinción, tejas de arcilla y la madera, exponiendo su esqueleto. 
Una excavadora de 50 toneladas vino a sumarse a la bacanal y en 5 días de golpes y garrotazos transformó en un cerro de polvo y escombros unos noventa años de historia, junto a cada árbol y maleza.

Debo destacar que la municipalidad se hizo presente exigiéndole a la constructora la instalación “inmediata” de una malla Raschel de 1,5 metros de altura rodeando el perímetro de la propiedad.

Nada se dijo de la polvareda o el CO2 que emiten las retro excavadoras a diésel desde el amanecer a metros de nuestras narices. Tampoco del ruido y contaminación que emite el generador de alta potencia que provee electricidad a la “obra” las 24 horas del día. Que hay de la alta velocidad y el manejo agresivo de los camiones de alto tonelaje o de la destrucción de veredas y calles. Menos aún de la flora y fauna borrada de golpe en una ciudad altamente contaminada o de la plaga de ratones que escapan de la demolición en busca de nuevos refugios por el vecindario.

En sociedades desarrolladas (y también en otras no tanto) el patrimonio tiene un valor, impulsa economías, genera empleo. Dueños de constructoras, arquitectos (y sus educadores), legisladores y autoridades comunales, cómplices, incapaces de alertar, incidir, resguardar o crear obras que favorezcan a la calidad de vida y preserven nuestra identidad. Viajan por América Latina y Europa y quedan boquiabiertos de cómo la convivencia entre desarrollo y patrimonio es posible.

El tiempo, sana, olvida y hasta justifica todo acto de ignorancia. La compra en blanco, en verde y en el color que sea ha de ser un éxito y nadie se preguntará qué hubo allí, es irrelevante.

No pasará mucho tiempo hasta que ya no tengan que inventar cuentos a la señora de que su jardín está perfectamente regado, y que mañana si la llevan de vuelta a su espléndida casa Tudor que tanto cuidó. Ella también olvidará.

6 de noviembre de 2015

Orpheus Records (1970-2008)


Una sábana colgada en el exterior anunciaba en letras grandes y rojas: "Orpheus Discos Cierra sus Puertas". Me lo confirmó el mismo Rick, el hippie dueño de la tienda, empecinado en el inventario de nunca acabar de rarezas long play. 

-Hola! dije, dándole la mano. 
-Hace tiempo no se te ve por acá, me responde amable como de costumbre.
-¿Que pasó, le pregunté, indagando por el cierre. 
-Hay que irse, me dice con una sonrisa resignada. 

Agrega que el dueño del local contiguo necesita ampliarse y que le ofreció muy buena plata por el local. Me tienta diciéndome que piensa deshacerse de todo lo que veo, que aproveche los descuentos.

Le dije que me costaba creerle y que porque mejor no se iba a otro lado, a lo que respondió "estoy cansado de vender discos, lo he hecho por 35 años, ya está bueno de hacer lo mismo, llegó el momento de descansar



Fue testigo y protagonista del hipismo y del fin de la guerra de Vietnam, eventos que lo libraron de vestir zapatos por siempre, pues Rick recorría el lugar a pie descalza, hiciera frío o calor.

Al momento del cierre su negocio era considerado una rareza por dedicarse solamente a la venta de vinilos usados, incluyendo una pequeña sección de cassettes. Empezó con Orpheus a principios de los 70, y a parte de clasificar discos nada de lo que ocurría en el mundo más allá de sus puertas le interesaba o causaba más que desconfianza. En los 80 nació el microondas y la píldora contraceptiva. La sociedad acomodada reclamaba entretenimiento portable y liviano. Rick no acusó el golpe de la masificación del casete y menos lo detuvo la creación del CD. Su argumento era que esas invenciones no venían acompañadas de calidad, pudiendo corroborarlo años más tarde.

Nada distrajo a Rick de lo suyo, ni siquiera la mañana del 2001 cuando un avión que no dejó restos, se fundía en el cemento impenetrable del Pentágono. Solo le causó extrañeza el salto en la aguja del clásico tornamesa, enterándose de lo ocurrido por un cliente. Reaccionó con suspicacia, negándose a indagar mucho más. Desconfiado como siempre de la máquina de guerra gringa y sus enemigos invisibles solía decir "...desde ellos no viene ninguna verdad". Orpheus seguiría siendo su safe heaven.

Descubrí la tienda en un invierno del 2004. No registré más de 4 clientes en las 4 horas que estuve allí absorto en la colección de 150 mil discos ordenados con rigor. 


Discos long play, del viejo y anticuado método de incrustar música en surcos perfectamente alineados en una esfera oscura y brillante de acetato. De inmejorable fidelidad según sus defensores, fue solo superado en portabilidad por la obsesión humana de achicarlo todo.

Allí reencontré un homónimo de Buarque, grandes selecciones brasileras inclusive Tropicália, una rareza de Inti Illimani con la cantante Holly Near del año 1984 grabada en Berkeley. También a los Replacements, los primeros de los Smiths, The Damned, PIL y una notable cantidad de post punk inglés. También copias originales del Álbum Blanco de los Beatles, de valor inalcanzable, y una enorme colección de Bootlegs.

Por los parlantes de Orpheus se escuchaban sonidos eclécticos, desde Zappa y mucho jazz, como Theolonius Monk, Coltrane y Miles Davis. Gracias a Rick conocí al delirante Gato Barbieri enterándome de la importancia del jazzista argentino a quien pude ver en vivo poco tiempo después.

Le animaba la posibilidad de vender la colección completa a un solo interesado, que según Rick no había caso que apareciera. Si no lo encontraba pensaba abrir una tienda por Internet, aunque decía que le daba una pereza mayúscula inventariarlo todo. Me preguntaba Rick porqué no le compraba la colección completa, a lo que respondí que no tenía ni el dinero ni mucho menos el espacio para guardarlos en la caja de zapatos en que vivía en la época.

Nota escrita en Blogger en el verano de 2006, en la ciudad de Washington DC, y terminada en una primavera con pinta de invierno en el mes de noviembre 2015 en Santiago de Chile, mientras revisaba nostálgico algunos discos comprados en el 2006 a Rick, Rick Carlisle, el hippie sin zapatos, presumiblemente jubilado del oficio que lo hizo famoso.Qué pensará del actual revival que vive el vinilo?