Mostrando entradas con la etiqueta Orpheus Records. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Orpheus Records. Mostrar todas las entradas

1 de junio de 2016

Gato

Murió hace unos días el argentino Leandro Barbieri, virtuoso saxofonista más conocido como el Gato Barbieri. Su vida se limitaba a un par de tocatas al mes en el mítico Blue Note de Nueva York a boliche repleto. Tuvo una carrera prolífica de más de 50 discos producidos con los más notables acompañantes. Lo descubrí por los parlantes de la singular Orpheus Records, cercana a la estación de metro de Clarendon, Maryland en las afueras de Washington DC. Unos 500 metros cuadrados de interminables hileras de vinilo por las que en plena fiebre del Ipod del 2003 no pasaban más que unos exiguos fanáticos a la semana.
Jazle.it
Al año siguiente, tuve el privilegio de ver al Gato en vivo en el pequeño Blues Alley. Como dice su nombre, se ubicaba en un pequeño callejón, escondido del bullicio de la calle M de Georgetown DC

En vivo, el Gato Barbieri se paraba canchero en el escenario, imponente como una montaña, y empuñaba el saxo como una metralleta con la cual fusilaba a su audiencia con dos horas de una emocionalidad difícil de describir. De poca o nula interacción con el público, excepto por unos ocasionales thank yous con los que intercalaba cada interpretación, le bastaba tan solo su mirada y unas sutiles levantadas de ceja de su rostro de duro para asegurar perfecta sincronía con la banda. El aire turbinado por sus pulmones no hablaba de un abuelo que se acercaba a la ochentena. Exudaba indiferencia, un capataz que hacía del saxo un látigo, a quién la magia le brotaba sin proponérselo, como si el rótulo de jazzista número 1 de la Argentina le tuviera sin cuidado. Renegó a los títulos toda la vida. Nunca le importó el reconocimiento o ser recordado luego de su muerte. Hablaba con naturalidad de su ceguera reciente, la caída de sus dientes, de la falta de dinero, de su enrevesado pasado con las drogas que tuvo un enorme costo en su carrera. Tenía la convicción de que no había que arrepentirse de nada. Los errores los consideraba parte del camino.

Vestido con un abrigo largo de colores oscuros, sombrero fedora y anteojos oscuros, su rostro apenas se lograba apreciar trás el saxo, mezcla de pudor y grandeza.

Va este sencillo homenaje al gran músico argentino, que entre otras cosas escribió la música de "El Último Tango en Paris", aunque hizo álbumes muchísimo más notables, reiteradas veces.

Su presentación "Live From ThLatin Quarter 2001", puede ser vista acá.

6 de noviembre de 2015

Orpheus Records (1970-2008)


Una sábana colgada en el exterior anunciaba en letras grandes y rojas: "Orpheus Discos Cierra sus Puertas". Me lo confirmó el mismo Rick, el hippie dueño de la tienda, empecinado en el inventario de nunca acabar de rarezas long play. 

-Hola! dije, dándole la mano. 
-Hace tiempo no se te ve por acá, me responde amable como de costumbre.
-¿Que pasó, le pregunté, indagando por el cierre. 
-Hay que irse, me dice con una sonrisa resignada. 

Agrega que el dueño del local contiguo necesita ampliarse y que le ofreció muy buena plata por el local. Me tienta diciéndome que piensa deshacerse de todo lo que veo, que aproveche los descuentos.

Le dije que me costaba creerle y que porque mejor no se iba a otro lado, a lo que respondió "estoy cansado de vender discos, lo he hecho por 35 años, ya está bueno de hacer lo mismo, llegó el momento de descansar



Fue testigo y protagonista del hipismo y del fin de la guerra de Vietnam, eventos que lo libraron de vestir zapatos por siempre, pues Rick recorría el lugar a pie descalza, hiciera frío o calor.

Al momento del cierre su negocio era considerado una rareza por dedicarse solamente a la venta de vinilos usados, incluyendo una pequeña sección de cassettes. Empezó con Orpheus a principios de los 70, y a parte de clasificar discos nada de lo que ocurría en el mundo más allá de sus puertas le interesaba o causaba más que desconfianza. En los 80 nació el microondas y la píldora contraceptiva. La sociedad acomodada reclamaba entretenimiento portable y liviano. Rick no acusó el golpe de la masificación del casete y menos lo detuvo la creación del CD. Su argumento era que esas invenciones no venían acompañadas de calidad, pudiendo corroborarlo años más tarde.

Nada distrajo a Rick de lo suyo, ni siquiera la mañana del 2001 cuando un avión que no dejó restos, se fundía en el cemento impenetrable del Pentágono. Solo le causó extrañeza el salto en la aguja del clásico tornamesa, enterándose de lo ocurrido por un cliente. Reaccionó con suspicacia, negándose a indagar mucho más. Desconfiado como siempre de la máquina de guerra gringa y sus enemigos invisibles solía decir "...desde ellos no viene ninguna verdad". Orpheus seguiría siendo su safe heaven.

Descubrí la tienda en un invierno del 2004. No registré más de 4 clientes en las 4 horas que estuve allí absorto en la colección de 150 mil discos ordenados con rigor. 


Discos long play, del viejo y anticuado método de incrustar música en surcos perfectamente alineados en una esfera oscura y brillante de acetato. De inmejorable fidelidad según sus defensores, fue solo superado en portabilidad por la obsesión humana de achicarlo todo.

Allí reencontré un homónimo de Buarque, grandes selecciones brasileras inclusive Tropicália, una rareza de Inti Illimani con la cantante Holly Near del año 1984 grabada en Berkeley. También a los Replacements, los primeros de los Smiths, The Damned, PIL y una notable cantidad de post punk inglés. También copias originales del Álbum Blanco de los Beatles, de valor inalcanzable, y una enorme colección de Bootlegs.

Por los parlantes de Orpheus se escuchaban sonidos eclécticos, desde Zappa y mucho jazz, como Theolonius Monk, Coltrane y Miles Davis. Gracias a Rick conocí al delirante Gato Barbieri enterándome de la importancia del jazzista argentino a quien pude ver en vivo poco tiempo después.

Le animaba la posibilidad de vender la colección completa a un solo interesado, que según Rick no había caso que apareciera. Si no lo encontraba pensaba abrir una tienda por Internet, aunque decía que le daba una pereza mayúscula inventariarlo todo. Me preguntaba Rick porqué no le compraba la colección completa, a lo que respondí que no tenía ni el dinero ni mucho menos el espacio para guardarlos en la caja de zapatos en que vivía en la época.

Nota escrita en Blogger en el verano de 2006, en la ciudad de Washington DC, y terminada en una primavera con pinta de invierno en el mes de noviembre 2015 en Santiago de Chile, mientras revisaba nostálgico algunos discos comprados en el 2006 a Rick, Rick Carlisle, el hippie sin zapatos, presumiblemente jubilado del oficio que lo hizo famoso.Qué pensará del actual revival que vive el vinilo?